Acontecimiento y diferencia en la obra de Berta Kolteniuk

 

El arte de Berta Kolteniuk despierta en nosotros esas nociones contemporáneas de acontecimiento y diferencia: en cierta medida, diría, lo que se abre en cada obra que vemos, son aquellas formas en las que la individuación se da de manera distinta en las cosas, creando su diferencia, ese otro de sí misma. La obra entonces se nos muestra como una suerte alquímica de elementos que juegan a quedar suspendidos, rompiendo con nuestras arbitrarias seguridades. Un cuadro, por ejemplo, se desborda de sus propios límites, rompe con lo consabido porque no está fijo, ni se detiene en los irresponsables límites de un marco, sino que juega con la textura, con esos bordes que se nos antojan infinitos.

 

La obra de Kolteniuk, a diferencia de otras formas de representación pictórica o plástica, no deja de plantearse el problema de lo nuevo, de la novedad, de ese gesto que significa crear o inventar una nueva forma de cómo encontrar el espacio propio de la pintura, ese guiño a Mallarmé en la literatura, ¿cuál es el espacio propio de la pintura que no se constituya como una repetición más o menos sutil o una interpretación provocativa de lo ya dispuesto por las artes plásticas en su historia anterior?

 

Me sorprende tanto su obra porque en cada cuadro, en cada doblez de la materia, en cada momento desgarrado que inaugura cada hueco, cada pequeña oquedad, se nos presenta el gesto de la materialidad misma, la res extensa (“cosa” extensa) cartesiana. La materialidad de esa res extensa es el rostro del acontecimiento mismo, es la sorprendente individuación que halla lugar en lo que vemos y tocamos, en esa materia sensual que Berta trabaja y nos hace imaginar que podríamos tenemos alas para volar como ojos para ver. Hay algo de hipnótico en ese material que podemos tocar, sentir, y si nos atenemos a que es la individuación misma la que se gesta desde cada acrílico de Berta Kolteniuk entonces ellos se nos revelan como si a veces estuvieran desmayados, o quizás sólo sueños pensados de otro modo. Y en el conjunto de los acrílicos pasamos a las pequeñas piezas que se reparten en el espacio de un marco desvanecido, recordándonos lúdicamente los rompecabezas; la individuación está ahí, una individuación de lo otro sostenido por el esfuerzo de un silencio, de una mirada o de las diferentes sensaciones que propicia ese mismo acrílico que se aletarga en nuestras manos, o en un asiento de madera, o una estructura que lo hace aparentar estar suspendido como en el viento, no el acrílico ya sino al acontecimiento, pero sobre todo: su propia diferencia.

 

La irrupción intempestiva del acontecimiento y la diferencia en la pintura de Kolteniuk, pone en suspenso nuestras concepciones del arte. El acontecimiento en esa obra que aparece y parece dispersarse es, en realidad, un movimiento, es un devenir, una kinética transgresora, es una singularidad sin modelos o esencia presupuestas; la originalidad de todo acontecimiento como lo es la obra de Berta, resulta ser el movimiento a partir del cual lo nuevo emerge, lo no previsto irrumpe en la realidad y escapa de los límites del símbolo para convertirse en una nueva gramática porque en todo acontecimiento hay un resto inescapable, inaprehensible, que excede los límites discursivos: es la diferencia doblándose en sí misma, un pliegue surgido del accidente, es el devenir mismo plegándose en combinaciones inéditas, caminando sobre las sombras de huellas que son encuentros aleatorios, contingentes y cuyo contenido no estaba insinuado ni incluido en su raíz. Los acrílicos son la marca, el estatus, el registro que conlleva el emerger de la novedad, la irrupción de lo nuevo en la realidad cuyo carácter primario es la contingencia que hace posible, para nuestra época, trasladar sus fuerzas hasta el extremo de lo que pueden, que procuran y hacen posible la creación.

 

No queda duda de que la obra de Berta Kolteniuk al despertar en nosotros esa noción de la individuación en el arte, produce el acontecimiento y la diferencia, se consuma y formula a través de sus caracteres distintivos como son el movimiento y la contingencia; lo que conlleva a experimentar nuevos modos de expresión del arte, al tiempo que se quiebran los presupuestos de la representación que subordina siempre las expresiones diferentes a lo idéntico. El acontecimiento de esta forma, designa un cambio radical del sentido pues aquél es efectuado y se inscribe en el tiempo, instaura una nueva temporalidad, marca un corte, suspende el flujo de tiempo; emerge como un estallido diferencial de fuerzas manifestándose en un estado de cosas, es una singularidad, es decir, en todo acontecimiento está presente el momento de su realización justo como esos acrílicos azules, verdes, rojos, brillando en el espacio de su recreación, jugando lúdicamente con los pliegues, con el accidente, dejando huecos, espacios que se llenan sólo con la mirada del espectador, justo ahí donde se produce la revelación del acontecimiento y su propia diferencia. Porque cada acrílico es en sí mismo otro y el estallido de la diferencia. Cada acrílico de Kolteniuk nos habla del acontecimiento como flujo de fuerzas divergentes que azarosamente forman constelaciones nuevas, que se actualizan en cuerpos o telas de potencias diferentes y que nombran el sentido a través del lenguaje.

 

Alberto Constante

Doctor en Filosofía, UNAM

2019

Publicado en el catálogo Geografías errantes de Berta Kolteniuk, 2021