La pintura que se pinta a sí misma y cae por su propio peso

 

La pintura que Berta Kolteniuk ha venido realizando en los últimos años opera con base en el desdoblamiento, el desparrame y la expansión pictóricos. Esta narrativa del desplegarse tiene como punto de partida a la pintura misma como materia y soporte. En este sentido, la tinta misma se vuelve un órgano vivo capaz de auto-organizarse sobre una superficie, como si fuera una suerte de célula o “ente biológico” que se expande en su estado líquido hasta secarse sobre una superficie plana o bien al interior de un contenedor. Consecuentemente, este procedimiento da cabida a diversas variables en las que la pintura empieza a desparramarse y expandirse más allá de los soportes convencionales.

 

La operación pictórica expansiva que Berta Kolteniuk ha puesto en marcha tiene muchas facetas. En esta revisión realizada por David Miranda se muestra un recorrido que se despliegue desde las Geografías errantes, o bien, cuando la tinta al secarse se apropia del objeto que la contiene, para luego mostrarse como vestigios arqueológicos de las mezclas de tintas o fragmentos secos de apariencia geológica que se despliegan o se repliegan sobre sí mismos, tal como se aprecian en las mesas que llevan por título, A la deriva (2018). Esta faceta de lo que aquí llamaré “pinturas que se expanden en sí” se despliegan sobre plataformas creando constelaciones de lo que aparenta ser un muestrario o una constelación de vestigios de lo pictórico.

 

Otra variable que incluye esta revisión también sucede en el ámbito del estudio al explorar la elasticidad de la materialidad de las tintas acrílicas. Sobre la planitud de una plataforma dispuesta horizontalmente sobre el piso, Kolteniuk dispone los materiales aprovechando la pendiente de la base y del piso del estudio que hace con que éstos se entremezclen creando entidades que tanto pueden entenderse como paisajes o bien como formas orgánicas. Algunas obras que ponen a la vista esta variación de la aplicación expansiva de la materia pictórica en sí son Célula oxidada (2017), Lagarto (2017 y Piel de la Tierra (2017), entre otras.

 

Con este procedimiento se transmutan muchos de los valores de la pintura modernista tales como la superficie bidimensional y el all-over que inaugurara el pintor expresionista, Jackson Pollock, quien por medio de la técnica del dripping enfatizó en carácter plano y bidimensional de la pintura modernista. En la medida en que Kolteniuk aplica la pintura sobre la superficie plana mientras paciente y respetuosamente observa y contempla sus propiedades actuar sobre el plano, los colores se entremezclan cual vetas de geología pictórica creando patrones orgánicos que recuerdan las formas marinas, celestes o cósmicas, al grado de que all-over se expande hacia lo biológico más allá de los límites de la convención pictórica de la planitud modernista.

 

En la medida en que las propiedades de la materia se delimitan por su propio flujo y elasticidad, la pintura crea sus propias condiciones formales, al grado que las tintas aparecen como ente fenomenológico del suceso pictórico. El paso del estado líquido al estado sólido da lugar entonces a que aquello que no es más que tinta se vuelva pintura. Esta transición pone en marcha, entonces, un concepto de lo pictórico en el que la pintura se manifiesta no sólo como fenómeno para los sentidos y la percepción sino también desde la historicidad de los conceptos modernistas del arte. La planitud y el all-over se expanden hacia afuera de las delimitaciones del cuadro y su planitud hacia el espacio. Aquí, la pintura, empieza a caer por su propio peso. La gravedad es por lo tanto la condición sine qua non para la expansión fenomenológica hacia el espacio, para luego replegarse desde la historicidad de la pintura modernista y su reconocido énfasis en el medio, hacia la condición posmedial del campo de la pintura contemporánea, esto es, hacia su condición pospictórica. Este fenómeno que se expande y se contrae en tanto forma y luego proposición pictórica, da cabida a una propuesta que cae por sí misma en la medida en que la pintura rebasa a su medio, al grado de constituir una narrativa posformalista en la que la narrativa de formas tiene su propia lógica interna más allá de la planitud. Una vez rebasado el concepto de pintura modernista, podríamos decir que la expansión se vuelve una expresión dirigida por el propio medio liberado de su soporte y la bidimensionalidad.

 

Para entender a esta práctica pictórica como una pintura que se pinta a sí misma al grado que su forma se vuelve también su materialidad y por lo tanto su soporte, habrá que acompañarla en su desdoblamiento hacia el espacio y su eventual inserción a la visualidad de las redes orgánicas. Podríamos decir que la expansión de lo pictórico en su desdoblarse hacia afuera de la delimitación del plano, tal como en Hidromiel (2018), es un gesto enunciativo de una pintura que, al salirse de las convenciones del plano, empieza a caer literalmente por su propio peso. Consecuentemente las pinturas pueden volverse cuerpos en el espacio, mismos que pueden activarse performáticamente, tal como en las vestimentas Derrame petrolero (2017), Cobijo (2017) y El saco (2018). Si leemos esta propuesta pictórica de Berta Kolteniuk como una pintura que se pinta a sí misma, como si fuera una entidad que se reproduce y, al hacerlo, pone en evidencia las condiciones materiales y orgánicas de su propio sistema organizativo de relaciones, entonces podríamos diferirla del modernismo racional, matérico y/o expresionista; siendo que ésta, al acercarse a las instancias sensoriales hápticas y táctiles, se inserta en los discursos de la visualidad de las redes y los ecosistemas.

 

En este sentido la pintura ya no es ni una representación realista ni tampoco abstracción, sino una entidad representacional que en sí misma ejemplifica los modos reproductivos de la autopoiesis. Por último, si la pintura es un sistema de formas que se reproducen podríamos decir que más que una constelación, los procesos de las tintas que caen por sí mismas, pueden ser leídos como ecosistemas. En la medida en que su obra muestra relaciones desde su propia constitución pictórica, tejido que se visualiza por medio de la expansión matérica sobre el plano hasta su despliegue en el espacio seguido de su repliegue sobre los cuerpos, la pintura de Berta Kolteniuk da paso al concepto de la pintura no como autonomía sino como una entidad autoregulada. Al expandirse más allá de la convención del plano, esta pintura que se reproduce en sí se revela fenomenológicamente como una red autopoiética que da cabida a visualizaciones del mundo orgánico y sus ecosistemas. Desde este campo de la visualización de las formas orgánicas y sus sistemas, la pintura de Berta alude también a los discursos ecológicos que hoy reflexionan sobre el antropoceno y el poshumanismo.

 

Willy Kautz

 Curador

2019

Publicado en el catálogo Geografías errantes de Berta Kolteniuk, 2021